Un paseo por Sevilla

Un paseo por Sevilla

Poco antes de que comenzara el verano de 2016 volví por trabajo a Sevilla. Un viaje relámpago pero que aun así aproveché bastante. Hacía 16 años que no pisaba la ciudad. Pero no, no es que no me gustara y por eso no hubiera vuelto.

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Estuve dos veces muy seguidas en el año 2000, con un amigo sevillano que tenía entonces haciéndome de cicerone. Me enamoré de la ciudad, me pareció maravillosa. Y me enamoré de la pringá (entre otras muchas delicias), como no podía ser de otra manera (no sé viajar sin hacerlo también con el estómago). Y sin embargo no volví, no sé por qué.

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Entonces estaba soltero y no tenía pareja a la vista siquiera. No hacía ni un año que había empezado a trabajar tras acabar la universidad. Ni siquiera pensaba en que un día acabaría teniendo un hijo. Y muchos menos que acabaría viviendo en Londres trabajando para una empresa que, en aquel momento, tenía sólo 2 años de vida.

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Volver esta vez a Sevilla fue, en cierto modo, nostálgico, con un toque melancólico y triste (y mira que en Sevilla se lleva el flamenco y no el fado). Y es que, parafraseando a Neruda, yo, el de entonces, ya no era el mismo. Ni tampoco lo era la ciudad. Todo parecía igual, pero a la vez, todo era diferente. Y me volvió a cautivar, claro. Pero me volví sin casi poder disfrutarla y, sobre todo, pensando en si volverán a pasar otros 16 años hasta la siguiente vez.

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Porque si vuelven a pasar 16 años, ¿cómo cambiará mi vida de lo que conozco ahora a entonces?, me preguntaba. Uf, es complicado saberlo. Si sigo por aquí (lagarto lagarto), mi hijo estará a punto de acabar la universidad. En cierto modo será un hito importante porque en ese momento es como decir “mi trabajo como padre ya está hecho”. Así que si volviera entonces, volvería a ser un sitio fantástico, pero de nuevo, algo ajeno, precioso pero en cierto modo inalcanzable, porque tanto la ciudad como yo habríamos vuelto a cambiar a fondo otra vez. Pero prefiero no pensar en que tengan que pasar otros 16 años antes de poder volver a sitios que me gustan.

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Aunque pese a todo, me di unos buenos paseos, vi sitios que no existían cuando estuve en 2000 (Las Setas o Metropol Parasol, a las que les tenía mucha curiosidad; pasé cerca de la nueva Torre Sevilla o Torre Pelli; estuve en el Mercado de la Lonja del Barranco, al que hicimos una propuesta en mi anterior trabajo; vi incluso el MetroCentro, que me encantó) y encima estuve en una inmejorable compañía. Y es que conocí a varios de los Local Guides de la ciudad, que habían organizado un photowalk (era el motivo por el que estaba yo allí).

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Eso sí, la próxima vez prefiero volver con más días, con un trípode, y sin tener que trabajar para poder disfrutar de la ciudad como se merece. Y como yo me lo merezco. Y de su gastronomía, claro. Aunque de eso sí que no me quejo porque visité sitios muy interesantes y, por fin, me quité el gusanillo de 16 años sin pringá.

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