All Good Things…

All Good Things… es el título del último episodio de la serie Star Trek: The Next Generation (la del capitán Picard). Y como buen trekkie, y más debido a su significado, me ha parecido que encajaba como un guante para este post. Pero me estoy adelantando… Por cierto, la frase completa en realidad es All good things must come to an end (literalmente sería “todo lo bueno se acaba”) y su primera utilización se atribuye a Chaucer.hoy

Antes de entrar en detalles, me gustaría contaros que para mí esta frase no tiene sólo el significado de que todo lo bueno sea temporal. No soy tan fatalista y lo veo como algo más general, de hecho. Para mí, supone el reconocimiento de que la vida es cambio y nada dura para siempre, ni lo bueno ni lo malo. Y, por eso, desde mi punto de vista creo que pretender que todo se quede sin cambios es un error y nos hará más infelices aferrándonos a momentos pasados sin darnos cuenta de que las cosas han cambiado a nuestro alrededor o, incluso, que nosotros mismos hemos cambiado.

Vistas desde Google UK

Vistas de las estaciones de King’s Cross y St Pancras desde la terraza de Google UK.

Por eso para mí el significado es positivo, aunque a veces pueda ser duro. Porque supone un proceso de crecimiento personal. Y en este caso concreto supone reconocer que, en efecto, mi vida ha cambiado. Que yo he cambiado. Que deseo cosas diferentes ahora que las que deseaba hace tres años. Que en este tiempo he crecido como persona y he aprendido mucho de mí mismo, de lo que quiero, de cómo lo quiero, de qué es lo importante para mí y, sobre todo, de qué estoy dispuesto a hacer para conseguirlo.

Y he aprendido que todo tiene un coste. Que tomar decisiones que encajen con lo que deseas en cada momento no evita tener que renunciar a cosas buenas. Pero no se puede tener todo. Podemos esperar, si acaso, a que los hados nos sonrían o a que las ruedas del destino se alineen y nos ofrezcan un futuro en el que sí tendremos todo, sin costes, sin renuncias. Pero eso no es real. Y ese futuro nunca llega y evitando decidir lo único que hacemos es evitar conseguir lo que inicialmente queríamos. Vamos, que no hay Mr Wonderful que valga y por desear mucho una cosa no va a ocurrir si no nos atrevemos a arriesgarnos.

StreetView en Google UK

Ahí salgo con mi gorra de Noogler y con más compañeros el día que hicimos las fotos para StreetView.

Así que si de verdad queremos un futuro diferente, la única forma de conseguirlo es ir a por ello. Y saber de antemano que tendrá costes. Pero son asumibles, claro que lo son. Más que nada porque si no, el coste de quedarse donde ya no quieres estar es mucho mayor, aunque tal vez uno no se da cuenta hasta que es tarde. Al final creo que el aprendizaje que he tenido en estos años ha sido el de que nada dura para siempre, y por eso hay que disfrutarlo mientras dura, y ser capaz de dejar atrás las cosas cuando se te presentan otras nuevas. Esto te hace ver las cosas de otra forma, porque te hace sentirte responsable sobre tu propia felicidad. Y te da también la seguridad de que, por más que quieras, cuando te planteas algo nuevo tienes que asumir que no vas a tener el control. De que te vas a enfrentar a lo desconocido y a la incertidumbre. Que da miedo, pero a la vez ilusiona. Y la ilusión es más fuerte.

Vamos, que si algo he aprendido en estos años es que odio los “¿Y si…?”. Prefiero tirar adelante y hacer lo que deseo, y ya aprenderé a adaptarme, que quedarme siempre con la pregunta en la cabeza de qué habría pasado si lo hubiera intentado.

¿Y por qué os cuento todo esto?

Básicamente porque, desde que me mudé a Londres para trabajar en Google, cada año escribía un artículo en el blog sobre el balance de lo que el año anterior había dado de sí. El primero lo podéis leer en este enlace y el segundo en este otro, por si sois curiosos o sois lectores nuevos y no habíais visto esos posts. Digamos que este post es, en parte, un “balance adelantado”. No voy a entrar en demasiados detalles aquí, pero tras mucho sopesar las cosas, he decidido poner punto y final a mi aventura inglesa. Ya, ya sé que a estas alturas del post ya lo sabíais todos. Sois muy listos, como no podía ser de otra manera si sois lectores míos… ¿Y por qué publicarlo hoy? La respuesta es sencilla. Hoy es mi último día en Google. Así que tal vez cuando estéis leyendo esto esté entregando mi portátil lleno de pegatinas, o mi Pixel, o mi badge, tan bonita ella (y eso que salía yo en la foto). Me quedaré con mi gorra con hélice de Noogler o New Googler (como la de Doraemon pero con los colores corporativos), mis montones de camisetas y sudaderas de Google y engrosaré las filas de los Xooglers (exGooglers). Como veis, en Google hay nombres para todo :)

Local Guides team in London

Mi última foto con mis compañeros en la entrada de las oficinas de Londres. I’ll miss you!

Y sé que perderé cosas, por dejar Google. De hecho, algunas ya las he perdido y, además, ya me he tenido que enfrentar a momentos muy duros y complicados. Decirle a tu jefa que te vas no fue fácil. Me puse muy, muy nervioso. Escribir el email de despedida a los compañeros. Tener reuniones con ellos y contárselo en persona. Leer algunas de las respuestas y darte cuenta de que has sido capaz de tocar las vidas de otras personas, miles de kilómetros lejos. Y notar cómo se te humedecen los ojos. Pasar noches en vela dándole vueltas a todo esto. Nada de esto ha sido fácil pero… no podía llegar a donde quería sin pasar por todo eso, ¿no?

La realidad es que Google ha sido la mejor empresa en la que he trabajado. He tenido compañeros brillantes, he podido aprender de muchos compañeros tanto en la oficina de Londres como en las de Tokio, Singapur, México City, París, Nueva York, Ámsterdam, Milán, Wroclaw, Moscú, Mountain View y Zurich, entre otras. Además, Google era una de esas empresas en las que hacía años que soñaba con poder trabajar y no me creía que algún día pudiera formar parte de ella. En cierto modo, mi aventura londinense me ha dado un extra de confianza en mí mismo. He podido pasar uno de los procesos de selección más rigurosos que hay, he podido trabajar en un entorno muy competitivo y multinacional, he contribuido a hacer crecer Local Guides… ¡Y estuve en la sede de la empresa en Mountain View! Y, por supuesto, he podido disfrutar de todos esos detallitos que todo el mundo ha escuchado sobre cómo Google trata a sus empleados. Aunque, al mismo tiempo, he trabajado duro y he viajado mucho. Pero de eso se trataba, ¿no? De darlo todo.

Y qué decir de Londres. Una ciudad que, se mire por donde se mire, no te la acabas. Llena de oportunidades no sólo profesionales sino también de cultura, de ocio, gastronómicas… Han sido tres años pero siento que sólo he rascado la superficie. Podría haberla aprovechado más, pero al mismo tiempo, me adapté rápidamente. Por supuesto, no todo ha sido positivo en Londres. Las distancias, el tráfico, el transporte público masificado, la falta de luz… Ya digo que nada es perfecto.

Parece poco tiempo, casi tres años, pero ya lo decía Pessoa, “el valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden”. Y si algo han tenido estos casi tres años ha sido intensidad, creedme. De hecho, esto es algo que no se decide en un día, claro, y la poca gente a la que se lo conté, se sorprendieron muchísimo :) He podido visitar un montón de museos geniales, salgo en la imagen de StreetView de las oficinas de Google en Londres, he visto museos de transporte público geniales y he subido a autobuses clásicos, he visto parques maravillosos con antiguos molinos y mucho más, he visto arte urbano súper interesante, he podido participar en el desfile del Pride London desde la carroza de Google a su paso por Regent Street, mientras bailaba ahí arriba (¿dónde está mi vergüenza? :D), he comido en restaurantes fantásticos, he visto musicales geniales (algunos de ellos que ya había visto, pero bueno jaja), he visto a David Tennant en el teatro, viajé a París en el Eurostar…

Así que pese a todo, sí, el balance ha sido increíblemente positivo. Estoy contento de haber hecho lo que hice cuando en 2015 decidí marcharme a trabajar a otro país y a una gran empresa y cumplir así dos sueños que tenía desde hacía tiempo. Me siento tremendamente agradecido a todos mis compañeros en Google, porque de todos ellos he aprendido muchísimo, y he formado parte de un equipo que ha hecho cosas fantásticas y que ha crecido de una forma impresionante. Y estoy orgulloso de haber sido parte de ello. Por ello, me gustaría poner algunas fotos con mis compañeros en diversos momentos de estos tres años, porque han sido muy, muy especiales y los llevaré conmigo toda la vida. Al final, Google es una gran empresa y es genial. Pero, sin duda, lo mejor de todo han sido las relaciones personales. Pensar que tengo amigos en tantos países diferentes ahora, gente que se acordará de mí y sonreirá. Eso es lo mejor. De hecho, varias de estas imágenes acabaron en el libro que me regalaron un par de días antes de que me fuera…

Como decía, todo tiene un coste. Algunas cosas, como os he dicho, las he perdido. Otras, que comienzan ahora, las gano. Sin embargo, si no me hubiera atrevido a vivir la aventura londinense, hoy sería más infeliz y habría aprendido mucho menos, no sólo en lo laboral, sino sobre todo en lo personal. Y precisamente por eso estoy feliz. Porque la decisión de volver a España no ha sido un capricho, sino que fue una decisión muy meditada. Además, la siento como el siguiente paso en el constante proceso de aprendizaje que es la vida. Otra muesca más, otro escalón más. Siempre hacia arriba.

Pero aunque todo estuviera meditado, tiene su miga. He pasado de estar en un entorno conocido, donde sabía mis rutinas, mi relación con los compañeros de trabajo, lo que se esperaba de mí, lo que tardaba en llegar de casa a la oficina, donde ya me había hecho mi lista de restaurantes favoritos, muy contento con el cole de mi hijo que además estaba cerca de casa… Es muy tentador pensar en cosas nuevas y decir “bueno, ya llegarán”, como si no fueran con nosotros, como si no fuéramos los responsables de hacer que lleguen. Y fue curioso, porque tuvimos que tener una conversación en casa y poner las cosas negro sobre blanco para empezar a hacerlas realidad, y es que hasta ese momento sólo eran una fantasía. Un “algún día igual nos volvemos”. En el momento en que dijimos que queríamos hacerlo, hubo que sentarse y empezar a planificar.

Y vaya tela la planificación. Qué miedo, qué agobio y qué vértigo. Miedo por dejar eso que es estable y conocido y dar un salto a algo que crees que va a ser mejor pero que no puedes saberlo con seguridad. Sólo puedes saber una cosa, y es que eso que tienes en la cabeza y que no se te quita de ahí es lo que realmente quieres. Y, precisamente porque lo deseas así de intensamente, es lo correcto. Y agobio porque son millones de cosas. Empiezas a pensar que el suelo desaparece de debajo de tus pies, que pierdes el control. Pero como decía antes, lo de controlarlo todo no sólo es ficticio sino que tampoco es sano. Y empezamos a añadir cosas a la lista, que no paraba de crecer. Vaya días pasamos. Eso sí, fuimos viendo que todo lo que había en esa lista, aunque agobiase, era realizable. No hay nada como empezar a hacerlas para ver que se puede, aunque hubo momentos de mucho estrés. Hubo preocupaciones, hubo problemas imprevistos que nos dieron muchos quebraderos de cabeza y encima no relacionados con esta decisión, mucha ansiedad… Pero salió bien, y sigue saliendo bien, que es lo importante. Al final, el vértigo, como ya cantaba Jovanotti en “Me fido di te”, no es tanto por el miedo a caer como por las ganas de volar (y su frase de “¿qué estás dispuesto a perder?” también me viene que ni al pelo :D).

Parece mentira que tras únicamente tres años haya tantas cosas que resolver, ¿verdad? Que si dar de baja servicios contratados como Internet, agua, luz, el council tax… Avisar al casero con tiempo suficiente, avisar en la empresa y cerrar todos los proyectos en marcha, devolver los equipos, etc. Y entonces empiezas a pensar en la mudanza, que siendo internacional y con tantas cosas que llevar, es un lío (y un dineral, para qué negarlo). ¿Qué nos llevamos de vuelta, qué vendemos, qué donamos, qué tiramos?

Además, había que pensar dónde vivir, y una vez decidido el destino, saber qué barrios serían los mejores y, entonces, preguntar a amigos que viven allí y empezar a mirar webs de alquiler de pisos. Pero claro, sin ir a ver cada barrio sobre el terreno, sin hacerte una idea de las distancias, era imposible, con lo que a pesar de estar con mil cosas en la cabeza, hubo que pasar fines de semana yendo y viniendo, con la complicación añadida de que visitar pisos cuando vives en Londres fue un quebradero de cabeza. Además de que hay que hacer mil cuentas para ver qué puedes permitirte y qué no.

Y luego estaba el tema del cole de Eric. ¿Público, concertado, privado? ¿Y cuáles son los buenos, si en España además no hay un baremo estatal con el que poder comparar, como sí lo hay en UK? ¿Y cómo conseguir los puntos suficientes para que le den plaza? ¿Y le darán la plaza que queramos por venir del extranjero? ¿Y si vamos a un privado pero está más lejos y se va a tener que pasar un buen rato en un autocar de ruta? ¿Y la calidad de la enseñanza, o el nivel de inglés? ¿Se adaptará rápido al tipo de enseñanza en España? ¿Hará amigos nuevos con facilidad?

Y todo esto mientras sigues haciendo tu vida normal, trabajando para rendir a tope, terminando el trabajo de fin de máster y con tu director de tesis dándote ideas para encima hacerlo más extenso o, incluso, convertirlo en tesis doctoral…

Pero era o pasar por esto o hacer que este sueño fuera nada más que eso, un sueño. Y como os decía, me gusta hacer que mis sueños se cumplan, si está en mi mano. Sobre todo porque creo que, a menudo, las ventanas para hacer las cosas son las que son. Pensar que siempre va a estar todo disponible no es muy realista. En mi caso, además, de haber seguido en Google, puede que hubiera ido subiendo de responsabilidad, que hubiera tenido alguna posibilidad de irme a Tokio o a Nueva York (algo muy posible dentro de una empresa como Google) y, sin duda, eso habría pospuesto indefinidamente apostar por este cambio que estoy haciendo ahora. Por eso creo que éste era el momento perfecto y que era o ahora o nunca.

Aún no está todo resuelto, claro, pero ahora que publico esto, gran parte de las cosas ya están encarriladas. Cuando empecé a escribirlo, sin embargo, me parecía todo demasiado complejo y mirad, no ha sido para tanto. En parte, me recuerda a lo que escribía Tolkien de la relación entre Arwen y Aragorn (ya vuelve a salir mi vena friki, sí). Ella podía haber sido inmortal, siendo elfo. Su padre intentó convencerla de que al irse a las Tierras Imperecederas era lo correcto y allí podría recordar el amor para siempre. Pero ella prefirió quedarse y morir, porque no quería vivir sólo de un recuerdo, que se iría apagando. Esto ha sido parecido. Cuando el sueño empezó a cobrar forma, sólo había dos opciones. O ir a por ello o dejar que se fuera apagando y, quién sabe, tal vez no habría ocurrido nunca. Y sinceramente, los sueños cumplidos son mucho más bonitos.

Si habéis llegado hasta aquí, ahora estaréis pensando “Venga, Luis, deja de darnos la lata y cuéntanos dónde te vas”. Inicialmente había puesto varias fotos a lo largo del post que daban una pista muy poco sutil del destino. Pero al final las moví para que fuera mayor la “sorpresa”. Y es que el destino de mi vuelta a España es Málaga.

Para mí, que nací y crecí en Madrid, si no hubiera pasado por Londres seguramente no me habría atrevido a irme a Málaga. Y ahora mismo, sin embargo, es algo que me ilusiona mucho. Una ciudad con mucho sol, con playa, con una gran calidad de vida, con muchas cosas para hacer, bien comunicada pero sin ser la locura de tamaño que es Londres… Seguro que, una vez que lleve un tiempo aquí, le sacaré defectillos. Echaré de menos cosas de Londres (o hasta de Madrid). Pero bueno, no hay nada perfecto. Hay cosas que son perfectas en un momento determinado y para la persona que tú eres en ese momento. Si cambian las condiciones, y tú cambias, pues igual cambia lo demás. Pero entonces estaré preparado para seguir hacia adelante.

Por supuesto, todo lo que se deja atrás te marca. Dejar atrás a compañeros con los que he compartido tantos momentos, viajes, reuniones por videoconferencia, proyectos y demás, ha sido y es duro. Es duro tomar una decisión que implica que tu hijo tenga que volver a cambiar de ciudad y de colegio. Es duro, como padre, cuando te asaltan las dudas acerca de si estará bien, de si encontrará otras actividades que le motiven como las que tenía en Londres, de si le resultará fácil hacer amigos… Y, claro, es duro dejar la seguridad que da trabajar para una de las mejores empresas del mundo, con un buen sueldo y encima estable, con tantas ventajas y detallitos para hacer la vida más fácil a sus trabajadores…

Aquí me viene a la memoria otra cita friki, en este caso también trekkie, de la película Generations. Allí, ante la destrucción de la Enterprise y los lamentos de todos, Picard dice que lo que se deja atrás es menos importante que cómo se ha vivido. Y no podría tener más razón. Cuesta decir adiós a tantas cosas, pero lo importante ha sido cómo lo afronté, lo que puse de mi parte, lo que me esforcé, las relaciones que creé, los amigos que hice, las ilusiones que surgieron y fructificaron. Lo importante, en definitiva, es el empeño que puse en hacer de estos tres años algo memorable, en lo personal y en lo profesional.

Málaga

Está claro que nada que merezca la pena se consigue sin esfuerzo, ¿verdad? Me alegro de haber dado el paso y, sobre todo, de haberlo hecho ahora. Y es que al principio pensaba en este cambio como algo realizable de aquí a dos o tres años (que era como no decir nada, porque estaba lo bastante lejos en el tiempo como para no significar realmente nada y no agobiar). Y pasé de eso a pensar “no, realmente quiero hacerlo, realmente quiero que ocurra”. He tenido suerte, claro, porque tanto Laura como Eric han estado de mi parte y han tenido las mismas ganas que yo de hacer este cambio. Sin duda, han sido un gran apoyo en toda esta nueva aventura.

Como decía el tristemente desaparecido Tony Bourdain, “viajar no siempre es bonito. No siempre es cómodo. A veces duele, incluso te rompe el corazón. Pero no pasa nada. El viaje te cambia; debería cambiarte. Deja marcas en tu memoria, en tu conciencia, en tu corazón, en tu vida. Te llevas algo contigo. Y, esperemos, dejas algo bueno atrás”.

Así han sido estos casi tres años. Un gran viaje, no siempre cómodo, no siempre fácil, pero que me ha marcado y me ha cambiado. Y del que me llevo mucho y al que espero haber aportado, también. Y es que todo lo bueno de esta etapa londinense ha llegado a su fin. Pero ahora empiezan cosas aún mejores.

Y a punto de acabar, os dejo una canción de The Alan Parsons Project (¡soy fan gracias a mi padre!) que me gusta porque encaja mucho con mi forma de pensar tras estos tres años y tras la decisión tomada. Y es que sólo hay una vida y hay que darlo todo. Pero, sobre todo, sin arriesgarte, nunca ganarás nada (nothing ventured, nothing gained). Mi vida no se paró en 2015 cuando decidí irme a Londres. Igual que estar ahora en Málaga tampoco es el final. Quedan muchas aventuras por vivir, mucho que aprender. Y tengo unas ganas y una ilusión tremendas por construir ese camino hacia adelante. No pido mucho, sólo siga soplando el viento en mis velas :)

All I ask is a tall ship and a star to steer her by…

-John Masefield

En cualquier caso, si habéis llegado hasta aquí, gracias por leerme. Y gracias por esperar, que he estado mucho tiempo en silencio.

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