Profundidad de Campo

Balance tras mi segundo aniversario en Londres

Llegué a Londres un 29 de agosto de 2015, aunque este año esa fecha se me pasó sin que me diera cuenta. Era el primer día de trabajo tras las vacaciones y tenía demasiadas cosas en la cabeza, además. Pero de lo que no me olvido es de mi aniversario laboral, el día que empecé a trabajar en la gran G: el 7 de septiembre. Es como la canción de Mecano y soy incapaz de pensar en mi aventura profesional en Londres sin ponerme a cantar mentalmente la canción, así soy :) Así que felicidades a mí hoy, que hago dos años en esta aventura.

Este segundo año ha sido interesante, también, pero ha tenido sus momentos duros. Ya no puedo decir que sea un Noogler (new Googler), conozco mejor la empresa, a mis compañeros, las dependencias que hay y, por eso, soy más efectivo en el trabajo. De hecho, he estado liderando proyectos muy grandes, que me han dado visibilidad y con los que al principio me sentía casi incapaz. Y sinceramente, ha sido todo un aprendizaje, porque al final sí que pude, al final salieron las cosas bien, aprendí un montón y creo que estoy en mejor posición para seguir haciendo cosas así grandes. Aunque no significa que ya lo sepa todo, ni mucho menos. Sigo sintiendo que tengo mucho que aprender todavía. Y uno de mis objetivos para este “nuevo año laboral” es, precisamente, seguir creciendo profesionalmente. Y es que aún tengo mucho que aportar.

En lo personal, este segundo año ha sido más duro. Londres es una ciudad maravillosa, con muchísimas cosas que hacer, muy bonita, pero (y supongo que es normal en cualquier ciudad nueva a la que te mudas con una cierta edad), cuesta conocer gente. Es verdad que podría buscarme actividades y cosas que hacer cuando salgo de la oficina. Pero estoy tan mentalmente exhausto que sólo quiero irme a casa. Luego, como sigo con el máster de estudios de China y Japón (aunque me queda poco para acabarlo), tampoco es que en mis ratos libres tenga mucho tiempo o energías mentales para buscarme otras cosas que hacer.

A veces cuesta adaptarse al estilo de vida. Que no haya bares donde tomarse una caña y unas bravas o algo similar. Sí, pubs hay muchos, pero tomarme una pinta de cerveza a palo seco no siempre es lo que apetece. Y menos yendo con un niño, porque en muchos pubs no permiten menores por las tardes, no se ve gente con niños a partir de cierta hora, etc. Y me gusta que Eric forme parte de mi día a día. Así que me he encontrado a mí mismo echando de menos esos bares, esas tapas, esos productos de casa, y visitando restaurantes españoles durante estos últimos meses con más frecuencia que en mi primer año aquí.

No es de extrañar que, cuando planifiqué las vacaciones de verano de este 2017, quisiera irme a España. Y a saciarme de productos gastronómicos de esos que no encuentras tan fácilmente por aquí. La pena es que tampoco puedo ir tanto a España como querría (bueno, poder puedo, pero hacerlo a menudo no tiene tanto sentido). Me encantaría ver a la gente que sigue por allí, pero ya no tengo casa en Madrid y, entre aviones y hoteles, pasar un fin de semana resulta muy caro. Aunque está claro que lo tengo que hacer, porque los dos fines de semana que pasé antes de las vacaciones, uno en Madrid y otro en Bilbao, me dieron mucha vidilla (y los días de París también, aunque fueran de trabajo). De todas formas, sobre las vacaciones de verano ya os contaré más.

Pero lo cierto es que no me estoy quejando, sólo expresando las cosas tal y como son. Sí, estar fuera de la consabida zona de comfort resulta difícil. Resulta difícil sentirte a veces solo, estar en un país donde se habla otro idioma (por más que lo hables también y te sepas sacar las castañas del fuego), trabajar en otro idioma y seguir leyendo a todo el mundo como si nada, cuando es tan notorio que no formas parte de la vida de esas personas ni ellas de la tuya. Pero, a la vez, si quieres algo nuevo, algo mejor, tienes que estar dispuesto a arriesgarte.

He tenido tentaciones incluso de alejarme durante una temporada de las redes sociales, para centrarme en mí mismo. Pero al final no lo he hecho porque me he dado cuenta de que, aunque todo esto que veo negativo está ahí y no se puede remediar, estar aquí me ha aportado (y lo sigue haciendo) muchísimo. Un gran crecimiento profesional, por supuesto, pero sobre todo personal. Ser capaz de hacer algo así, de dejar todo atrás, de salir adelante y estar mejor de lo que estabas, incluso, te hace sentirte más seguro al final del día. Aunque eche cosas de menos.

Lo que está claro es que voy a seguir necesitando de esas escapadas a “casa”, de darme lujos de vez en cuando con productos gastronómicos españoles, de planificar vacaciones por España. Pero sé que soy capaz de seguir por aquí mucho tiempo, aunque siga estando solo. Y eso es algo que sé ahora, gracias a estos dos años por aquí. Así que no me puedo quejar, no. Hay cosas que están mejor que antes y esas las valoro. Otras están peor pero no puedo hacer nada por evitarlas, porque todo tiene un coste y nada es gratis. Y otras que pienso que podría mejorar pero que, al final, me doy cuenta de que no son tan importantes porque tampoco hago nada para cambiarlas. Así que al final me doy cuenta de que el balance es positivo. Aunque a veces quejarse un poco siente bien ;)

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